Anecdotario

Cuando la realidad achica a la ficción o la vida se brinda sabrosa

Orquestadas las historias de esta sección por el antojoso destino, es justo que gocen de cierto desconcierto cronológico en el momento de su entrega. Emparentadas entonces en capítulos, algunas ya existían, el resto surge para este Anecdotario del Blogexilio, cuyo proceso creativo de composición y corrección de textos queda abierto (on line). Perdonen por ello los borrones, los párrafos inacabados y/o las frases inconexas: estamos en obras. Y en obras te quisiera ver.

CAPÍTULO I

ANIMALARIO

El maullar de un sueño *

Anoche tuve un sueño, y no era un sueño de grandeza ni un onírico despertar a un mundo mejor para toda la humanidad. Anoche soñé (sin la “¡bendita ilusión!”) que aparecía en el Teide nevado con Julio Mena y pernoctábamos en algún chalé de Las Cañadas y amanecíamos con el jolgorio de una cuadrilla de operarios que iba a quitar la nieve de la carretera para que los domingueros pudieran llevar a sus hijos a comer tortilla y deslizarse sobre plásticos por las níveas cuestas de Montaña Blanca.

Entrecortado sonaba a lo lejos y a lo largo de todo el sueño el maullido de un gato allí en El Teide. Por la mañana, ya no en el onírico pasaje, sino en la cruda realidad de después del despertador, supuse que soñé con El Teide por una conversación del día anterior. En el sueño, entre maullidos y Jiménez Losantos (que dejo la radio encendida para que la Cope guarde y santifique mis noches), se cruzan mis amigos gomeros Eugenio y Carlos el del Hospital, imagino que por aquello de que descubrir hermanos en las islas me hace ponerlos juntos en el subconsciente, de la mano y luego en fundido abrazo, o será por lo de que los tengo más que invitados a ver el Teide nevado.

Ya en el coche, tras el maullido del despertador, piso el acelerador y avanzo quinientos metros entre que meto la primera y la segunda, y el maullido del gato de toda la noche me sigue. No puede ser. Piso el freno, busco con la vista en el interior del vehículo… Nada. El maullido sigue. Pongo el freno de mano y tiro de la palanca que propicia la abertura del capó. Sorpresa, sorpresa. Un pequeño gato negro legañoso, ileso y asustado, no más grande que una rata chica maulla sobre el tanque del líquido de freno. Lo cojo, doy marcha atrás y la vuelta, y lo encomiendo a los receptivos brazos de la vecina que, maternal, se hace cargo del minino de mis sueños, más real que la vida misma.

* Publicado inicialmente en el blogexilio del portal de periodismo ciudadano loquepasaentenerife.com

 

Partero

Partero gatuno que fuera en esa noche en la que la luna llena fue tan grande y poderosa que, según caminaba yo hacia casa, ella volatilizaba las nubes que cubrían el valle hasta abrirlo por arriba y dibujar en el cielo dos círculos concéntricos perfectos: uno blanco y otro negro, inmenso y desestrellado. “Pujani está buscando sitio por los armarios desde hace unos días y no acaba de echarse, estate pendiente de ella cuando vuelvas”,  recordé que había dicho mi madre antes de que saliera. Al cruzar el umbral de la rampa del garaje oí su maullar y la vi venir decidida a restregarse en las perneras de mis pantalones a cada paso hasta la cocina, por donde solíamos entrar. Una gata paridera que por espacio de más de dos noches anuncia parto y sigue sin alumbrar podría cargar en su interior uno o varios cadáveres. Le ofrecí las baldas del ropero de mi habitación, subió a una de ellas pero de inmediato volvió a restregarse en mis piernas mientras ronrroneaba. Amontoné las almohadas en la cabecera de la cama para permanecer sentado y despierto: iba a ser testigo de un parto múltiple con complicaciones. Comencé a masajear el vientre del minino sin descuidar un solo centímetro. Con Pujani hablábamos todos en casa. Era una gata que hacía caso y pedía que le abrieran la puerta para entrar o salir. No paré de rogarle que se relajara y de decirle que todo saldría bien. A los diez minutos de iniciar nuestra sesión preparatoria, el animal había dilatado bastante y su cuerpo se estremecía en movimientos convulsos mientras ofrecía uno u otro costado para guiar las caricias de mis manos. Tentándolos con la piel de su madre de por medio, reacomodé a cada una de sus crías como quién coloca bocabajo a un sietemesinos en una encubadora. Aquella noche de luna llena enmarcada en medallón del tamaño del valle de La Orotava, mientras mis dedos empujaban por fuera lo que ella por dentro, le conté el cuento de la gata parturienta que tenía uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete gatitos en su seno. Y la seguí acariciando, sentado con ella entre mis piernas abiertas. Pujani no durmió, yo sí (y me lo perdí). Al despertar: una pequeña mancha de sangre seca en la manta, a dos palmos de ella una piña de recién nacidos acurrucados en torno a su madre y uno muerto a mis pies, alejado del resto. Años después, sólo cuando murió Pujani, muy longeva, supe que llevaba tres días despidiéndose y tratando de que yo entendiese que se nos iba para siempre. La enterramos en el cementerio de los perros que hay en el jardín donde hoy crece la higuera.

Cuando te elige un perro

Okupa, Mota, Billy

El pájaro de Pájara*

Razón tenía quien sostuvo que en ocasiones la realidad supera a la ficción. En una suerte de Shangrilá, en la tarde del viernes, tras el sopor de la siesta, arramblé con trastos y pertrechos y me dejé caer hacia la costa en busca del aporte vitamínico y mineral que mi dieta semanal encuentra en el pescado propio. 

La tarde era calurosa y luminosa, y una leve brisa sacaba brillo a las copas de los árboles, que destelleaban chiribitas. Salí de Toto city con las ventanas del automóvil abiertas a más no poder. En eso, cuando negociaba una curva de izquierdas que discurre entre el barranco y la ladera a la entrada de Pájara (dejemos al margen aquella copla de que “aunque tu padre me dé el barranco y la ladera, yo no me caso contigo porque tienes cagalera”), entonces, digo, con el rabillo del ojo me pareció ver un celaje algo oscuro que se me aproximaba veloz por el flanco izquierdo, que hacía un quiebro y pareció colarse en el sillón de atrás por una de las ventanas y mal se acomodaba con un ruido sordo.

Un pájaro, pensé. Será un pobre pájaro que se coló sin querer y que estará espachurrado ahí detrás. Reduje la velocidad, agudicé el oído y traté de mirar por los retrovisores en busca de más indicios. Silencio, dudas e incertidumbre.

“Miraré atrás al llegar abajo”, me dije dando por muerto al bicho o creyendo en una falsa alarma el asunto. Pero el cerebro buscaba la pesca en la mar, después de varias semanas de ingesta de marisco en otros lares.

El sol estaba enfrente, la mar iba bajando y el calor parecía no querer buscar camino. Duro comienzos con el engodo, la caña pesada y la falta de entrenamiento. Pero todo llega en la vida. Uno trajo a otro, luego un par de sorpresas y con la caída del sol ya había peces para comer fresco dos días y congelar para el final de semana. Gracias, Neptuno.

Aliñar las galanas, salemas y el lebrancho, recogerlo todo y dejar unas vísceras para las gaviotas, que siempre hacen compañía cuando uno está solo en el risco. Escalo la cuesta, abro el coche, descargo, me siento al volante y voy a arrancar el vehículo. En esto, que me acuerdo del celaje, el golpe sordo y…

Me bajo del coche, abro la puerta trasera izquierda, busco bajo los sillones un posible, presunto o supuesto cadáver exvolador, por si se me pudriera dentro y el coche quedara apestando para los resto. Pero no hay nada. Alivio. Fue una ilusión, habrá chocado en un lateral y habrá caído a la carretera, y a lo mejor o a lo peor…

Con la mano derecha en la llave a punto de darle al arranque y veo, sobre el salpicadero, frente al sillón del copiloto un precioso, esbelto y elegante pájaro que me mira. Lo saludo feliz con un gesto de la cabeza y un guiño de ojos, giro sigiloso la llave del contacto, bajo la ventanilla con el elevalunas eléctrico y con un ademán de la siniestra lo invito a salir. Y sale volando.

Posdata del Post: Hoy, al subir al coche para venir a trabajar, me acordé del pájaro de Pájara, y miré hacia la ventana, y vi que el animalito, mientras estuvo encerrado en el coche, mientras yo estuve pescando (por espacio de casi tres horas), le dio tiempo a hacer sus necesidades. En ese instante, sin maldecirlo ni nada, me acordé que “al pájaro se le conoce por la cagada“.

* Publicado en el blogexilio del portal de periodismo ciudadano loquepasaentenerife.com

Las lapas que vuelven*

José Luis, un labrante de piedras del valle de La Orotava, estuvo en la Feria de Artesanía de Antigua, en Fuerteventura, donde cinceló su nombre en granito de Betancuria y conoció al Colorado, a quien brindó unos vasos de vino de La Victoria de Acentejo mientras le espetaba que él también tocaba el timple. Domingo, que es más de la tierra que las criadas, le ofreció su casa, para que el tinerfeño supiera de las lajas del puerto en Puerto Lajas. En el muelle, instantes antes de la partida, el musicólogo majorero universal (don Domingo Luis Rodríguez Oramas (visítenlo en facebook, brinda una nueva copla cada día)) apareció cargado de quesos para que Jose Luis no sólo apañara lapas, pescado, pulpos secos, sal de charcos de Ajuy, burgados y viejas jareadas, y así embarcara en Puerto Cabras con ese tesoro blanco de leche cruda y cuajo natural.

También andó José Luis con el escultor Juan Miguel Cubas, de Pájara, en ese enredo cómplice de creadores en el que se trazan esas siluetas del hecho-lo que hacer-y por hacer. Colocó un molino de mano en La Oliva, al paisano Antonio Hernández Yopis, alma de la finca ecológica el Mojón de Matías, donde tiene usted lo que haga falta: stevia, albahaca morada, laurel, cebollines, pimientas de la puta de la madre, berenjenas, rúcula, puerros, hierbaluisa, judías, habichuelas, lechugas, rabanitos…

Y como a quien dios se la da, san Pedro se la bendice, a José Luis se le encargó un trabajo en Casillas del Ángel y pronto viajará a Fuerteventura con su familia. Cargará esta vez, como la anterior, con la mascarilla que le proporciona oxígeno mientras duerme.

Todo esto viene al caso de que hoy, en casa de Miguel el Flaco, en La Orotava, me ofrecieron unas lapas que había cogido yo el pasado mes en las costas de Pájara y le había regalado entonces a José Luis el de las piedras, quien las mantuvo congeladas hasta que se las regaló a uno que se las regaló a otro que las puso en una mesa ante mis ojos. Los caminos del señor son inescrutables, pero los de las lapas son más previsibles.

Post del Post: Las lapas no son esas, que las de la fotografía se las comió Miguel Borges y compaña en El Socorro de Arafo.

* Publicado en el blogexilio del portal de periodismo ciudadano loquepasaentenerife.com

El Chupa-vacas o bestialismos varios*

Lo que pasa en Brasil. Resulta que lo llamaban el Chupa – Vacas porque había matado unas 400 en cuatro años. Lo que no se sabía entonces, por aquello de sospechar de la magia negra y el budú, es que antes de quitarles la vida a los pobres animalitos ya los había violado (fornicado sin consentimiento).

Hay que leer Libertad Digital, el portal de Jiménez Losantos, para enterarse. Un hombre ha sido detenido por matar a 400 vacas después de violarlas. Lo trancó un ganadero cuando en su finca había dado ya cuenta de tres vacas y un becerro.

Pero el cuento, que no es un cuento, no acaba ahí, que ya se había penetrado yeguas y caballos el tío, que lo llaman (él nunca se llama) Getulino Ferreira Paraízo, de 53 años.

Getulino, o Paraízo, como queramos llamarlo, al parecer sufrió abusos sexuales a la edad de 13 años, por lo que luego le dio por montarse a yeguas, caballos y reses bovinas. Además, en su adolescencia padeció una expriencia “muy frustrante” con una prostituta. Y nos enteramos de esto cuando los digitales de este país recogen otra noticia no menos escandalosa y dolorosa: En España aún se realizan terapias para “reparar” la orientación sexual de ciertas personas. Seguro que se trata de jóvenes que manifiestan una precoz inclinación por gustos sexuales sobre personas de su mismo sexo (sin más comentarios).

El caso que nos ocupa, el del chupavacas, el de Getulino, el de Ferreira o el de Paraízo,  me recuerda uno que marcó mis inicios como redactor de sucesos en La Gaceta de Canarias. Un periódico gallego había publicado la noticia, y la Agencia EFE mandaba al día siguiente a sus abonados la foto, la de un señor a quien le había caído una gran piedra encima, y lo había matado. Lo sorprendete es que en la imagen, el cadáver aún tenía la bragueta abierta y la ‘pieza’ en el interior de una gallina que tenía bien asida entre sus manos yertas. Y todo bien clarito. ¡Bestialismo!, Dios nos libre. Por cierto, aún conservo en mis archivos aquella foto, la del fornicagallinas, la podemos desempolvar un día, escanearla y asomarla a Loquepasaentenerife.com

PD. A las reses que aparecen en la imagen que acomopaña a este post se les supone la presunción de inocencia, aunque en Canarias siempre ha habido represión, necesidad y embistes contra natura.

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* Publicado en el blogexilio del portal de periodismo ciudadano loquepasaentenerife.com

CAPÍTULO II

EN CLAVE DE FA

Los bocadillos de los Rolling

Agustín Polo (sin el Franco) tiró de teléfono, sobrevoló con Iberia parte del Atlántico y se personó en la madrileña buhardilla de la calle san Vicente Ferrer con cuatro colegas, que venían al concierto de los Rolling Stones y a quedarse una semana (no por ese orden). Se trataba de la primera semana de la última quincena de los exámenes finales de quinto de carrera. Estudiaba esas noches mientras ellos dormían la mona. Los despertaba temprano para que se oreara el palomar enmoquetado de color verde césped húmedo que tenía por toda habitación el piso. Frío en invierno y agobiante en verano, en aquel escueto espacio bajo viejas vigas y tejas no se podía estar erguido, ni cabían camas, sólo dos colchones que compartían a días alternos los invitados. Se accedía por una escalera cuyos peldaños estaban embutidos en la pared que separaba el salón del baño. (…)

Señora con flauta

Con un poco de ayuda líquida elaborada a base de derivados de malta o cebada, cualquiera se sentiría músico en un pub escocés si entre sus manos blandiera un instrumento rudimentario de percusión mientras quienes tocan lo animan a seguir acompañándoles en la próxima canción (que escuchaba por primera vez). Era el caso, la tarde en que cada semana un grupúsculo de integrantes de la big band de la ciudad norteña se apelotonaba en la esquina más amplia que ofrecían la barra y la pared-cordel del local para interpretar sones de las tierras altas. Cuando Dob Simpson alargaba sus brazos para calzar a su pecho el acordeón, le ofrecía el abrazo que daba a su gente, ese que ahora ganaba fuerza y significada ternura tras el último diagnóstico médico: se nos iba (menos mal que no lo supe entonces). Tecleaba como dirigía al grupo, con esa solvencia de ingeniero acostumbrado a supervisar los sistemas hidráulicos de los aviones de la RAF. Bill al acordeón, su señora al violín, una hija de ambos al viento, tío John a la guitarra, un señor templaba una especie de mandolina eléctrica, había gaita, bajo, una señora con flauta, alguien más y el invitado, un canario medio escocés de sangre, fabricante por afición de instrumentos músicos rudimentarios de caña brava. Los músicos tenían derecho a cerveza. El canario medio escocés de sangre, por su parte, se mostró de paladar fino, no mojaba el pico en esa fuente y consiguió, a regañadientes del barman, que le diera a beber güisqui seco. Dejó una caña rajada, rociera o gitana para el pub y los pertinentes como regalo y recuerdo de un canario desorejado y agradecido que en aquel lugar, por espacio de poco más de una hora, se sintió músico al interpretar temas que desconocía pero a los que aportaba sonidos percutivos rítmicos aprobados, reconocidos y aplaudidos por la señora mayor que leía una partitura para endulzar las melodías con los aires de su flauta travesera. La creación es música.

CAPÍTULO III

FÍSICA

Gravedad

Por más química que física, le gustaban ligeramente caídas hacia arriba.

Ley de la gravedad

La transición de beodo aturdido a hiperlúcido duró acaso una milésima de segundo. Al vislumbrar peligro cierto e inminente, el cerebro dispara todas las alarmas y se pone manos a la obra. Era joven, andaba de vacaciones, sin cenar, y en el jolgorio de la celebración de las fiestas mayores de aquel pago menor de esa localidad vértice de la isla triangular, entre invitaciones y risas, bebí tres copas de sol y sombra, un combinado espirituoso de brandy y licor de anís. Al poco me costaba andar a derechas, que el equilibrio seguía distorsionado al ritmo de la música de la verbena, amenizada por la orquesta de turno. Algo mareado, decidí abandonar la plaza, las luces y la gente para regresar a la casa en la que nos alojábamos. Estimo que el susto que me produjo el sentirme tan mal de repente me ayudó a escalar aquella rampa de adoquines que conducía a la carretera general. Allí estaba entonces la única farola en quinientos metros. Dando tumbos comencé a subir la cuesta. La música se suavizó al pasar la primera curva. Unos contundentes quitamiedos de hormigón marcaban el límite entre la vía y las laderas de aquella degollada donde nace el barranco de Masca. En una oscuridad de diez bombillos amarillentos a lo lejos en noche cerrada sin luna pasé entre dos de ellos y me precipité al vacío en el preciso instante en que sobrevino la transición citada que duró acaso una milésima de segundo y me devolvió a la lucidez, la que tardó la gravedad en marcar su ley. Luego, reaccionar en el aire para pisar como un paracaidista y salvar la vida, aunque en la tarde del día siguiente tuvieran que cortar algunos trozos de carne y piel de mi rodilla izquierda y aplicar más de diez puntos de sutura después de retirar restos de una roca del barranco de la herida, un corte profundo en forma de L invertida localizado justo sobre la cicatriz de la operación de extracción de menisco interno a la que fui sometido. Créanme, se mostró sabrosa la existencia.

Abuela removida

Primer día del año, antes del amanecer. Regresamos a la Villa en automóvil. Inexplicablemente y ante nuestros ojos cansados por la pasión con que miraron de tú a tú a la nochevieja, al pasar frente a la casa de los padres de Berlchor, el vehículo que circula por el carril contrario, de reciente matriculación (como sabríamos después), da media vuelta de campana en el aire a modo de tirabuzón para deslizarse entre chispas por el asfalto sobre el capó y la capota sin abandonar su lado de la carretera. De lo atónito que queda, nuestro piloto requiere de tres gritos y ciento veinte metros para reaccionar y frenar. Saltamos de los asientos y corremos en ayuda de los accidentados. Dos de ellos ya han salido del habitáculo de cuatro puertas, ahora invertido. Sacamos al resto del pasaje, una familia de cinco miembros. Todos están bien. “¿Y la abuela?”, pregunta alguien. Me agacho, abro algo más la puerta trasera izquierda, miro al interior y veo una mano huesuda tendida, abierta al rescate. Removida pero ilesa, del coche siniestrado sale la anciana.

CAPÍTULO IV

QUÍMICA

Por las ramas

Aquella noche hicimos el amor encaramados a un árbol del camino.

CAPÍTULO V

SABOR PESQUERO

El domingo que voló el rey de los pejereyes

Al tercer día picó la bestia (…)

Pulpo a la caña

La playa de La Madera llega a la punta de El Palo tras derramarse en las caletas del pozo de La Salud para trazar el golfo de La Frontera, en la isla de El Hierro, conocida también como la ínsula del meridiano. Unos bajaban desde Sabinosa a la punta de El Palo y otros se acercaban en barcas, y si la mar dejaba y había acuerdo se daba el trueque. Allí tiraban barrenos capaces de teñir de plateado y dorado el mar de la cantidad de peces muertos que salían a flote. Los cargaban en sacos a lomos de burros y mulas. Esas aguas eran entonces uno de los salemares más importantes del archipiélago. (…)

Salto de altura o único testigo

Recién llegados, Daniel Valerio Oliveira Padrón nos muestra las costas catalanas. Estaciona el vehículo en una zona turística y callejeamos por su avenida marítima. Recalamos en una terraza a escasos metros de la playa y la mirada se me va a la línea de boyas de color naranja dispuesta en un extremo de la ensenada, justo en el preciso instante en que un pez bien grueso y de más de un metro de largo vuela por encima de las balizas flotantes desde la zona de acceso restringido a embarcaciones al lugar donde se bañan las personas. Pese a ocurrir a escasos metros de quienes están en el agua, soy el único testigo de un salto cuya batida es un coletazo. Creo sentir que el Mediterráneo saluda a un pescador del Atlántico.

El chucho de 10,5 kilogramos

Jaime Clemente de niño, a la caída del sol,  recogía en un balde las huevas de todas las caballas pescadas en el día por los hombres de la Villa y que las mujeres limpiaban en la playa de la rada de San Sebastián de La Gomera, enclave donde unos cientos de años atrás el almirante de la mar océana tomara tierra con la intención de hacer aguada y conseguir víveres para su última etapa en el periplo que le llevaría a atravesar el gran azul en busca de una ruta alternativa a la de las especies. Emigrante forzado, Jaime Clemente buceó, con escafandra y todo el aire prensado que cupiera en sus botellas, los fondos marinos de Venezuela cuando el bolo, bolívar, era un monedón de plata precioso que superaba al cambio las quince pesetas españolas de Franco. Regresó su familia a las Islas Canarias y con el tiempo Jaime Clemente se precipitó a la dirección del comité de empresa de un periódico desde la jefatura del departamento de fotomecánica. En ese diario coincidimos y a finales del XX y comienzos del siglo XXI, cada año, coincidiendo con la celebración en Sabinosa de las fiestas en honor a san Simón, viajábamos durante unos días (no menos de una semana) a la isla de El Hierro, para pescar con cañas desde sus riscos, playas y muelles. (…)

CAPÍTULO VI

MARINAS

Ese o ese

De no haber hablado Bárbara, los acontecimientos sólo responderían a un desafortunado incidente más con resultado de fuerte susto al llegar a creer que su novio podría haber muerto ahogado a causa de las corrientes marinas, las olas y el cansancio en el transcurso de ese último baño veraniego rutinario en la playa de santa Ana. Él temió perder la vida. Bárbara  nos aseguró que le oyó gritar mi nombre varias veces. Yo no lo oí. Bárbara creyó que por eso le ayudé a salir. Él dijo que no dijo nada. Yo fui porque lo supe apurado, pero Bárbara habló.

Palmero abordo

Tuvo la suerte de estar a punto de morir ahogado siendo niño, revolcado entre las olas retorcidas de un océano que les pareció embravecer de repente en la orilla justo cuando ellos estaban en el agua. Luego tuvo la desgracia de contribuir a salvar a varias personas de perecer vencidas por las corrientes del mar cuando se trataba de rescatar a una joven que dieron por perdida y descubrieron flotando días después muy lejos de la playa de Los Patos. (…)

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