Cocina de urgencia

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Salpicón de bocinegro del faro de La Villa.

Cuando al atrevido en la cocina le preguntan sobre los mejores platos elaborados no evoca las cazuelas, los arroces, los conejos en salmorejo, los ranchos o los guisos de piñas, papas y costillas saladas con los que sus comensales se chuparon los dedos. Cuando reconoce su arrojo entre cacerolas, cucharones y platos cita dos guisos de juventud y urgencia que algunos le recuerdan cuando hablan de gastronomía. Está claro que el hambre es el mejor condimento, por lo que siempre quita importancia a su pericia, que mantiene se sustenta en la imitación del proceder lógico de las abuelas de antes pese a la escasez de entonces.

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Sopa de pescado con huevo y arroz.

Manuel Ernesto Estrada, su novia Dolores (ahora esposa y madre de dos hijas) y su grupo de juventud pernoctaban desde un viernes en la Playa de Masca (Buenavista del Norte, Tenerife). Al que nos ocupa lo convencieron a primera hora de la tarde del sábado de sumarse a la acampada, precedida de una excursión mixta de más de una hora y media en furgoneta por la Isla Baja hasta el sur, tres horas y media de veredismo barranco abajo, y una noche a la intemperie de la maresía, que carecía de tienda de campaña. Le dijeron que no se preocupara por la comida, que la gente de la playa tenía de sobra y ellos habían comprado dos bocadillos grandes y un paquete de galletas de chocolate. En verdad sufrieron lo suyo para llegar a la costa, serpenteando el cauce de intermitentes aguas corrientes. Oscurecía. El día de sol y playa había agotado a los acampados, que también estaban hambrientos. “Pero no hay comida”, decían. “¿Cómo que no?, porfió el personaje que nos ocupa. “Pongan los utensilios de cocina y alimentos ahí”, sugirió mientras señalaba el sitio idóneo para hacer un fuego. Alguien puso una cebolla, otro un paquete de arroz y un caldero, una de las chicas tenía en una bolsa plástica un tomate espachurrado por el calor y el ajetreo de su mochila, Estrada, que había llevado sus cañas, había pescado unas salemas y varias palometas aquella tarde. Mientras el atrevido encendía el fuego, pidió que fueran con sus linternas a las piedras de la orilla a por lapas y burgados (les ayudó la marea baja). Hasta agua salada le puso a aquel guiso que al calor de lumbre de dio de comer a todos los presentes.

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Medregal de Hermigua (La Gomera, Islas Canarias), troceado, enharinado y frito, con papas arrugadas y ensalada, aderezado con salsa mayonesa, aceite de oliva y vinagre macho.

Cuando Chucho Quintero compartía un piso en el sur de la isla con un individuo de Las Moraditas de Taco, le fueron a visitar después de que Antonio el de doña Lola realizara unas diligencias. La velada y el hambre crecían al tiempo. Cuando eso no había teléfonos para pedir pizzas, que desde una cabina se llamaba a la familia una vez a la semana, ni tampoco había dinero para comer fuera de casa. La hostelería no daba para más y otros eran estudiantes con exiguas pagas mensuales o de fin de semana. Al tajo: después de escrutar la desolada microdespensa de apartamento tipo estudio y la nevera de talla extra chica, sofríe en unas gotas de aceite (escurridas de una botella olvidada en un rincón gracias a la insistencia del desesperado), un diente de ajo algo arrugado y un poco oscuro (el único que se escondía entre las cáscaras desgajadas de una cabeza ya desaparecida), le metió troceadas dos papas greladas (así le decimos en Canarias a los tubérculos que ya están viejos para el consumo y listos para la siembra por presentar raíces), añadió agua del grifo, una pizca de sal, el fondillo empegostado de un bote de orégano, un pellizco de pimentón rancio, media hoja de laurel y un puñado de lentejas. El de Las Moraditas de Taco, después de saborear con tiento y a cucharadas a medio colmar el contenido del plato hondo y humeante que le sirvieron, sorprendió a todos con una sentencia tan contundente como reveladora: “Y yo que pensé que a éste [el cocinero] lo había mandado el enemigo”.

 

P.D.: Alarga el dinero en la crisis y raciona los alimentos en este aislamiento casero por cuarentena.

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