Mariquita

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En el recuerdo -o gracias a él-, por la Hoya del Moral, en una de las lomas de Sabinosa, en la isla de El Hierro, la más occidental de las Canarias, desentierro ahora una mirada sentida y teñida en todo caso de dolor por la distancia y ausencias: la visión panorámica que ofrecen, en ojo de pez lobulado, el mar y los riscos de lavas oscuras que, a excepción de Arenas Blancas, se extienden desde la Playa de El Verodal hasta El Golfo, Las Puntas y Los Roques de Salmor… Lagarto, lagarto.

Camino del Pozo de la Salud y la Punta del Palo hago un alto en la Finca Trébol, como quien no tiene prisa en llegar a la costa mientras siga baja la marea. Reconforta ahora sentir próximos aquellos lugares que antaño disfruté con deleite. De la Punta del Palo, donde pasé tantas horas desde el amanecer, salieron las doradas (salemas) que, en una ocasión, repartiera a sus más de ocho convecinas cuando, prestas, la fueron a visitar a su llegada de Tenerife.  

Visito luego la Playa de La Madera, para rebuscar, entre callaos, restos de atentados ecológicos y naufragios, las imágenes y anécdotas que me trae la pleamar. A cada golpe de ola y escurrir de piedras orilla abajo llega un recuerdo o una imagen, o una anécdota, una foto, una fiesta, una comida, una excursión, un regalo, una pesca, un encuentro, aquel instante, el otro… En este vuelo por lo vivido en la isla, también llamada del Meridiano, me acompaña una legión de personajes, tanto herreños como foráneos; diríase que tan solo veo a los pertinentes (ellos lo saben).

Resulta extraño, pero el mar no sólo trae olores a musgo, yodo y salitre, también huele a San Simón, a vino de Las Vetas, a higos maduros, a palometas fritas, a uvas, quesos frescos, curados, lana de oveja y al perfecto maridaje de caña y mimbre que ofrece la artesanía cestera.

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María Padrón Pérez, Mariquita para tantos, esposa (Manuel), madre (Susy, Marlén y Daniel), abuela (Miriam, Juana María, David y Pau), dejó tras de sí en el Atlántico esa estela inmensa que, en los días claros, en Sabinosa es visible hasta la isla de San Borondón. Cuentan que estelas de tal naturaleza no se borran mientras alguno de los pertinentes siga vivo.

 

P.D.: La isla no es la misma sin ella, y nosotros tampoco.

 

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