Pacientes

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Retrato de Jesús 1, realizado por Paul Gutiérrez. El paciente disfruta de oxígeno, sillón reclinable y aparato receptor de radio.

Jesús 1 y Jesús 2 coincidieron en la habitación 436 del Hospital Universitario. Cuarenta años separaban sus nacimientos. Tres cromosomas en el par veintiuno (síndrome de Down) marcó la vida de uno y el fútbol (once contra once) la del otro. Los compañeros de fatigas entrecruzaron edades, vidas, recuerdos, familias y se hermanaron como lo hicieron por extensión los pueblos de La Caleta y La Orotava. En Interían a Jesús 1 su padre le volaba cometas y su madre lo crió bajo su falda. Con medio siglo más doce meses, el síndrome de la trisomía 21 y los aires oceánicos fríos le anegaron los pulmones en su propia flema y los neumólogos Pérez y Acosta le repararon el fuelle como el herrero experto y delicado hace lo propio en su fragua sin perder la llama. Uno y otro entraron por la misma puerta al complejo. [Urgencias es el umbral de la principal cocina, donde se cuecen los grandes guisos. Allí nacen los diagnósticos desgarradores, allí abajo se clasifican las patologías, se salvan de entrada las vidas que penden de unos finos hilos y desde allí se derivan luego los pacientes. A Urgencias entras o te llevan. Si entras es de visita, media hora dos veces al día. Si te llevan… todos te desean “¡buena suerte!” Sólo cuando estás en el hospital sabes hasta dónde llega la palabra paciente.] Impaciente, el recaído reincidente paciente, Jesús 2, despaciente ya, pese al freno de manos que pusieron los de su sangre y la mirada atónita de alguna enfermera, salió por su propio pie tres veces de Urgencias en huida que sólo lo llevaba a la sala de espera de los familiares, donde los presentes violaron involuntaria la intimidad que desnudaba el impaciente con sus aspavientos, pulsera identificativa, pelos desatusados, frases entrecortadas a viva voz y ansias de volver a casa. Luego, su hija lo convenció con el consabido “ya te van a atender” y, en zapatillas viejas y desalineadas, desandó a rítmicos trompicones sus pasos hasta que la urgencia de las urgencias más urgentes lo dejó en manos de médicos. En planta les aguantaban en guata: vías intravenosas, suero glucosado, cloruro de sodio, camas articuladas, sábanas y forros de almohadas con membretes, chatos, orinales, pañales, afeitados profesionales, cremas de verduras y frutas, y fregados y duchas frecuentes. Anestesia, laparoscopia, intervención quirúrgica, una docena de grapas en el abdomen y pasaron diez días para su extracción.

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Grapas en el abdomen de Jesús 2.

Entre cortados, cafés con leche, refrescos, bocadillos y almuerzos de plato único, más de uno se percató de que el jefe de camareros era un gran terapeuta, que trataba con igual mimo desmedido a sus hombres y mujeres como a los familiares y amigos de los pacientes, a los enfermeros, celadores, personal de seguridad, cuerpo médico y a los de mantenimiento. En el bar-restaurante algunos se fijaron en que su batuta dibujaba armonía en el caótico día a día de un servicio tan nutritivo como medicinal. En el rebullir de tazas, platos, cucharillas, ires y venires y traslados de sillas de una mesa a otra, valoraron sobremanera el valor saludable de una ensalada, un bocadillo, unas croquetas, un huevo relleno o de cualquier alimento que saltó la barra o salió de la cocina suspendido en bandeja, como el tacto de quienes les servían. Los televisores y ordenadores tenían a Tomás como mejor aliado; quien desde el departamento de informática velaba para que expedientes y pacientes se encontraran con médicos en consultas, plantas y quirófanos. Nada de manga por hombro. Eso para la arpía vecina, que cose a escondidas con poca luz desde hace más de cuarenta años y no paga a Hacienda.

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Jesús 1, ya en casa de sus parientes y con mejor salud. Dicen que nos echa mucho de menos. Será a los míos; no a mí, que casi lo asfixio por darle un poco de regaliz, que tragó demasiado pronto e hizo un par de escalas técnicas antes de llegar al estómago. Dios lo guarde. Besos.

 

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