Pau padre

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El padre de Pau tuvo que hurgar en las faldas de los nevados Alpes franceses, desde donde se percibe el aroma del chocolate suizo y se intuye la cercanía de las cuentas bancarias más inconfesables, para recalar en los hondos remansos de su propio espíritu. Repasó una a una sus entretelas con el rigor del asceta para gozar, uno a uno, de los setecientos treinta días de los dos años de mansedumbre autoimpuesta. Entretanto y ante la palmaria vaguedad de los informes familiares sobre su paradero, sus conocidos de siempre lo buscaron en hospitales, casas de socorro, instituciones psiquiáticas y residencias de jóvenes megainquietos. Total que no estaba de parranda, ni internado en hospicio alguno, que recalaba en el sosiego líquido que sólo la filosofía indostánica permite. Su mirada es otra, clarividente y densa como si flotara en el azul intenso de la claridad que emana el líquido elemento en el que flota en la imagen que acompaña este texto.

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