Desmotorizados

 

Nissan, aparcado en el monte Sanguino.

Nissan, aparcado en el monte Sanguino.

Institucionalizar la semana familiar sin coche te redescubre lo que cuesta dar un paso y luego otro en tramos de largo recorrido, te recuerda lo grande y ajeno que es el mundo cuando hay que patearlo, lo lejos que queda el supermercado más próximo y lo que cuesta llegar al colegio de los niños para luego volver solo. Paralizar los vehículos propios agudiza el ingenio para acceder a otros, anima a utilizar el servicio público de viajeros, y te obliga a caminar y caminar con pesar por aceras en las que inhalas la polución del tráfico rodado ajeno. Cuando arrancas a no arrancar el carro, arrancas a ir ligero de equipaje, expuesto a las conversaciones ocasionales de quienes te dan el alto al coincidir en el camino. Entonces saludas, desnudas tu situación socio-laboral-familiar-emocional en telegráfica exposición, el interlocutor hace lo propio y sigues. Superar el primer día de la autoimpuesta semana familiar sin vehículo es un logro capaz de confesarte lo costoso que resultarán los seis días restantes.

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